Nadie quiere ser crítico de cine

5/04/2016

Historia de Carlos Reviriego
Periodista y coordinador de la sección de cine en El Cultural (El Mundo) 



 Siempre tuve claro que quería escribir, al principio tenía la ambición de ser novelista pero llega un momento en el que te das cuenta de que no estás hecho para eso y desvías tus ambiciones a otro lado. No me planteaba hacer otra cosa en mi vida, siempre he sido de leer y escribir mucho. Me considero un lector voraz. De niño leía libros infantiles, recuerdo una novela de un elefante de la colección alfaguara de literatura infantil, también los famosos librojuegos donde elegías una aventura. Era muy fan de los librojuegos. Luego pasé a Tolkien y toda la literatura fantástica como “Dragones y mazmorras” que era fantasía pura y dura. Durante el instituto, me puse con los rusos que fueron los que me dejaron loco, ya en la universidad casi media clase me dedicaba a leer a Dostoievski. Esa era como mi gran pasión. Me leí todo Dostoievski en la universidad junto con los poetas románticos. Solía escribir mucha poesía, de hecho gané un premio nacional y todo, pero al cabo de los años lo dejé de hacer. Sigo leyendo mucha poesía, pero ya no la escribo. 

Dostoievski para mí, fue como una especie de epifanía, un descubrimiento muy grande. Lo conocí a través de una de sus novelas menos conocidas que se llama “El adolescente”. Me tocó profundamente, encontré una serie de planteamientos y nuevas formas de entender la vida con las que yo participaba de alguna forma. Es la historia de un hijo que odia a su padre y al final lo acaba adorando. Un adolescente que, como todos, está solo en el mundo, un mundo interior descrito con una belleza casi espiritual. Es un relato de iniciación a la vida. Me cautivó. Por un lado, la pasión con la que volcaba la vida, el amor que tenía hacia el mundo, las personas y hasta las cosas, en contraste con el brutal pesimismo y la angustia existencial de los rusos en general. Me pilló en una época en que era preso de determinadas angustias. Leer Dostoievski me lleva a Thomas Mann, Sartre y a todos los grandes existencialistas de la literatura. Con Baudelaire y Rimbaud ya todo explosionó, era como lo máximo, después de esto ya no se podía seguir escribiendo, después de leer “Una temporada en el infierno”  o “Las flores del mal”. Eran autores que estaban viendo desde ya el futuro, escribían en el siglo XIX, pero veían el siglo XX. Sobre todo Rimbaud, que era muy adelantado a su tiempo. Y como yo era muy fan de Bob Dylan y sigo siéndolo, terminas haciendo conexiones, unos te llevan a otros.

“Para mí el periodismo estaba relacionado con el sentimiento más romántico del periodismo”

El periodista entendido con esta visión romántica que la ha retratado también el cine a lo largo del siglo XX. Billy Wilder, Ben Hecht, Pakula, y todas estas películas del periodismo que me encantaban. Todo eso cambió mucho, permanece un poco, pero está en proceso de decadencia, en fatigante desaparición. Yo lo miraba con optimismo, lo que quería era aprender a escribir bien y profesionalizarme en la escritura, la carrera te dotaba de una serie de herramientas, criterios y códigos que te ayudaban a eso.

“Mi primer trabajo...”

Fueron unas prácticas que hice durante la carrera en un periódico inglés que estaba en Marbella. Me fui un verano a escribir en inglés, escribía artículos y reportajes locales, incluso algo de crónica rosa. Lo que sí guardo con mayor recuerdo no es exactamente la primera nota publicada en este periódico local sino cuando publiqué en ABC. Entré en la empresa para hacer prácticas en la sección  de cultura, tenía 21 años. La dirección de ABC Cultural de entonces, es la misma que la de El Cultural de El Mundo de hoy, donde aún sigo publicando cada semana. Recuerdo el primer artículo que publiqué, era de opinión y estaba muy satisfecho porque era muy raro que a un becario le den una columna o una página entera. Mi artículo era sobre Bob Dylan y el catolicismo. Todo empezó porque había un subdirector que se llamaba Santiago Castelo. Una vez nos dijo a los becarios: “mi despacho siempre está abierto para vosotros, podéis venir en cualquier momento, proponerme lo que queráis” Él dirigía la edición de editorial del periódico, seleccionaba, encargaba y editaba los artículos de opinión que se publicaban. Yo le tomé la palabra, creo que fui el único que lo hizo. Me presenté a su despacho con dos artículos escritos, eligió el de Bob Dylan y salió publicado en una Tribuna Abierta, que quizá solo se publicó en ediciones de provincias, pero se publicó. Eso sí que lo recuerdo con ilusión porque me parecía imposible, pero fue el primero de varios.

“Empecé a escribir sobre cine cuando vi Lolita de Stanley Kubrick”

Fue mi primer texto tratando de analizar una película, siendo consciente de qué me había provocado. En ese momento, me había leído la novela de Vladímir Nabókov y fui a ver la película. Quedé fascinado. Yo siempre quise hacer literatura, pero se dio la circunstancia de que El Cultural creó una sección dedicada al cine cuando se fue a El Mundo. Bueno, en verdad antes, cuando estuvo un año en La Razón. Hasta ese momento únicamente tenía literatura, arte, música incluso hasta ciencia, pero nada de cine y teatro. No siempre se ha considerado alta cultura el cine. De hecho, algunas publicaciones lo marginan a la sección de espectáculos. Necesitaban a alguien que llevara la sección, me llamaron y acepté. A partir de ese momento, el cine se convirtió en una razón de vivir, todo era cine y se fue comiendo a la literatura. Siempre he tratado de equilibrarlo porque en realidad al final son lo mismo.

El cine ejerciendo un efecto de magnetismo, puedo decir que mi gran película de la infancia fueron “El imperio contraataca” y “Grease”. Coincidió con los tres años en que mi familia vivió en USA, entre el 79 y el 81. Mis padres me cuentan que me tuvieron que llevar como siete veces al cine porque me ponía insoportable, me volví loco con las espadas láser. Luego mi padre tenía una colección de beta, cuando existía el vídeo beta, en aquel entonces se trajo a España una colección inmensa de películas que grababa de la televisión por cable americana. Recuerdo que estaba “Midnight Cowboy”, “El padrino”, “American Gigolo”, “El resplandor”, “El exorcista”… películas que vi muy joven, con 12 o 13, seguramente a escondidas. Había una ahí que la descubrí a los 14, supongo, se titulaba “Río Bravo” y estaba John Wayne. Me volvió loco, juro que le dedicaba poemas a Río Bravo. Sobre todo a Angie Dickinson, que fue como ver a una diosa encarnada en la pantalla, era una película que lo tenía todo para mí, la amistad, el romanticismo, lógicamente los duelos, la música. Pero sobre todo, el sentimiento de camaradería. La nobleza de aquellos cowboys haciendo piña en una cárcel. La película me hizo descubrir que el cine podía tener tanta evocación poética como la literatura, y que puede ser una mirada para reflexionar sobre cuestiones complejas que van más allá de lo que generalmente se asocia al cine como entretenimiento, cultura popular y tal. El cine puede llegar a ser mucho más que eso.  Luego descubres que Howard Hawks era como un dios para los críticos. Si tienes curiosidad terminas leyendo sobre la historia del cine y nunca acabas, es como un pozo sin fondo en el que todavía sigo cayendo.

“Somos gente que vive más en un mundo virtual que real”

Cuando yo entré las cosas no estaban como ahora. Eran muy distintas. En el año 96 cuando acabé la Universidad, el periodismo no era lo que es ahora, Internet casi no existía, estaba naciendo, era aún algo incipiente. De hecho, en mi último año de carrera es cuando yo estudié algo de lenguaje HTML porque estaba naciendo, había una asignatura optativa que se dedicaba a eso pero era algo como muy marciano y nadie podía prever que se iba a convertir en nuestro mundo, aunque recuerdo que la profesora no dejaba de decirlo. Era una buena profesora. Se llamaba María José, creo. Me suspendió en junio y me puso sobresaliente en septiembre. No se podía predecir que la virtualidad te iba a devorar o vampirizar la realidad y que íbamos a tener avatares. Actualmente, somos gente que vive más en un mundo virtual que real. Al principio no te das ni cuenta, pero llega el momento en que te piden hacer cosas para la web, no solo con el papel. No basta con que los redactores para papel escriban para la web sino que hay que crear una redacción paralela. Una redacción para papel, otra para web porque es otro periódico. En web hay más urgencia, más inmediatez, eso te cambia el chip. Yo siempre he mantenido la idea de hacer un periodismo analítico, de cierto rigor y de reflexión, más que el periodismo de agenda. Por suerte, sigo escribiendo artículos especializados con más de fondo. En la web encuentras las dos cosas. Los grandes críticos de cine escriben en internet, es inevitable. Los grandes ensayos cinematográficos los encuentras en internet. Cabe de todo, desde lo más banal a lo más profundo. Si buscas lo encuentras.

Festival de Cannes (París, Francia)

Llevo ocho años yendo al Festival de Cannes, y ahí lo que haces es levantarte a las siete de la mañana, para luego ir a ver la película a las ocho. Sabes que ese día verás entre cinco y seis pelis, y que vas a tener que escribir sobre ellas el mismo día para terminar a las tantas de la madrugada. Aparte, que no vas a comer o que vas a comer muy mal, no vas a dormir, y así durante diez días. Tu trabajo es devorar películas, pensar sobre ellas muy rápido, o más bien pensar escribiendo. Es un ejercicio más que recomendable para aguzar los reflejos. Además, sabes que estás escribiendo una crónica de urgencia y el lector es consciente de eso, no puedes escribir un ensayo, es simplemente una crítica muy rápida de primeras impresiones.

Nunca quise ser crítico, nunca lo pensé. Es verdad que siempre he leído muchos ensayos de todo tipo. Esa frase de Truffaut “Ningún niño quiere ser crítico de cine”, es muy cierta. Al final, fueron las circunstancias las que me llevaron ahí. Estuve muchos años sin escribir crítica, pero haciendo información cinematográfica. Durante seis o cinco años, conocí a profundidad la industria, haciendo reportajes, entrevistando a directores nacionales e internacionales, sobre todo viendo mucho cine. Todos estos años de formación fueron fundamentales para saber cómo funciona, cómo se hacen las películas y qué hay detrás y alrededor de ellas. Descubres que es un mundo complejo donde hay miles de factores que intervienen para el resultado final de la película.

“Pienso que la vida son plazos”

En estos tiempos en el que estás todo el rato con el reloj y vas rápido a todos sitios, siento más que nunca que la vida es una sucesión de plazos. Desde que empiezas a trabajar en el periodismo, vives bajo el síndrome del plazo perpetuo, cada dos días o a veces cada día de la semana, tengo un plazo para entregar algo, por eso siempre estás contra reloj. Es un síndrome al que te acabas habituando, pero no creo que sea muy recomendable para la salud mental o física, porque realmente nunca te puedes relajar. Si me piden un artículo de diez páginas y veo que no voy a tener tiempo, digo que no, aunque cada vez es más difícil decir que no. Así están las cosas.

Mi trabajo es muy solitario. En mis actividades de docencia sí que hay una relación directa con los alumnos, que es muy enriquecedor, y en colaboraciones con festivales, en la programación. Mi trabajo de periodista y escritor es muy solitario, es una disciplina que te tienes que imponer, por lo menos yo que ahora trabajo en casa la mayor parte del tiempo. Al final, si no te organizas te conviertes en un caos.

¿Tus proyectos pendientes?

Hay muchas cosas, sobre todo publicar un libro sobre Bob Dylan y el cine. He publicado libros que tienen que ver con la teoría cinematográfica, he colaborado con una serie de libros con varios autores. Algún día lo terminaré, llevo con él mucho tiempo. Mi reto consiste en explorar el arte de Dylan a través del cine, a través de sus máscaras e imágenes, de las que ha proyectado de sí mismo (como director de varias películas ocultas) o de las que han proyectado sobre él, en un montón de películas, documentales y de ficción. Y se han hecho cosas extraordinarias, desde Pennebaker y el Direct Cinema a la posmodernidad de Todd Haynes y Scorsese. Aunque hay muchísima literatura sobre Dylan, creo que es un libro que no está escrito. Escribo siempre en casa y en festivales de cine. Escribo donde pueda, en el apartamento, en el hotel, en una cafetería, donde pueda. La verdad es que nunca he tenido problemas para escribir, si tú me das un portátil escribo sin problemas. Me aíslo fácilmente.

¿Hacia dónde crees que se dirige el cine?

Esa es una buena pregunta, es la pregunta de la cinefilia del siglo XXI. Es la cuestión que se plantean todos los cineastas con algo de curiosidad por su trabajo y por supuesto, todos los estudiosos del cine. Primero, ¿hacia dónde va el cine? y ¿qué es el cine del siglo XXI? Hay un sector de la crítica cinematográfica que considera que el cine tal cual murió, que tuvo cien años de historia y que se ha convertido en otra cosa, que sigue siendo cine o que se llama hecho audiovisual. La crítica de cine entró en crisis  porque no sabía cómo enfrentarse al objeto cine en sí, que se había desplazado de las salas cinematográficas y que se puede encontrar en otras ventanas. Entró en crisis por la idea asociada al siglo XX. Hubo varios críticos que optaron por la nostalgia y el fetichismo, otros han tratado de sintonizar con los tiempos y comprender que no es que el cine haya muerto sino que ha cambiado de piel, se ha hecho digital, más líquido y también más ingobernable. Sin olvidar su forma de verse, de hacerse y de consumirse. Su futuro es muy incierto, porque es un cine en constante mutación, es una barbaridad cómo cambian las cosas y su velocidad. No es simplemente que ya no se impriman las películas en celuloide porque los laboratorios se hayan muerto o porque sea más fácil rodar una película con un iPhone. Es todo lo que implica. La forma de concebir una película, de hacerla, montarla y distribuirla.

El cine cambia y es inevitable. Si quieres ser un cineasta, espectador o crítico del siglo XXI, tienes que aceptarlo y asumirlo porque es imparable. Luego de tanto convivir el cine y la televisión, ahora acaban identificándose, son cosas muy similares. Se ven cosas en la TV que tienen poco que envidiar al gran cine, está todo muy mezclado. Siempre habrá grandes cineastas que van a luchar por mantener ese idea asociada al templo del cine, ese ritual casi sagrado de verlo en salas y que sea una experiencia colectiva. Pero lo cierto es que Edison le ha ganado la batalla a los Lumière. El kinetiscopio ha vencido sobre el cinematógrafo. Pero en general, la industria y el mercado se moverán por otros lados, por otras formas de distribución y de verse. No es ni malo, ni bueno, es lo que es, y hay que aceptarlo. Es cierto que el desafío digital les ha dado un nuevo vigor a los creadores, ha planteado desafíos sobre la propia naturaleza de la imagen. Por un lado tenemos la propia odontología cinematográfica que está en la raíz de esa transición analógica al digital. De las imágenes no nos podemos fiar porque no son huellas físicas, no es la huella que deja el mundo en una película de celuloide. Las imágenes son códigos binarios. Ya no te puedes fiar de las imágenes. Digamos que el sueño de la fantasía se ha hecho realidad, que cualquier cosa que imagines la puedes trasladar con un realismo fotográfico a la pantalla, pero no te puedes fiar porque es todo mentira. Eso altera por completo los fundamentos bazinianos sobre los que se ha formado una importantísima parte de la cinefilia y la crítica.

Hay otra serie de cineastas que siguen explorando esas teorías del realismo cinematográfico, como la gran teoría del cine a lo largo de su historia, pero desde el formato digital. En fin, las cosas han cambiado mucho, pero es una época apasionante, la verdad. Esta primera década del siglo XXI ha sido apasionante, había cosas que decir, desafíos que plantearse. Nunca se han hecho tan buenas películas como ahora, estoy convencido de eso. Cada año te encuentras con una obra maestra, también porque hay mucha producción y el nivel de los cineastas es cada vez mayor. Los que han vivido de la tradición del modernismo y el posmodernismo, ahora están en el poscine. Qué se puede decir después de “Inland Empire” de David Linch, qué se puede hacer con el cine, después de algo así, en eso están los grandes. Algunos cineastas deciden abandonar porque ya no tienen nada más que decir como Béla Tarr que hace “El Caballo de Turín” porque ya lo ha dicho todo. David Lynch lleva casi diez años sin hacer nada. Vuelve a la televisión con “Twin Peaks” para recuperar la serie y tengo mucha curiosidad por saber qué hace. Este proceso resulta apasionante, tanto para el crítico como para el estudioso del cine. 


Escrito por Yesenia Galdámez

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